Arma homicida

La democratización del uso de Internet, su generalización a nivel global y todas las posibilidades que ofrece pueden llegar a deslumbrar a mucha gente. Existe todavía un tipo de público muy especial y particularmente incauto que se deja llevar por los oropeles de la red, sin pararse a pensar en que la actividad que llevan a cabo puede conllevar algún peligro. Esto ha provocado que abran la puerta a algunas personas a las que normalmente no lo harían, lo que en ocasiones puede tener consecuencias fatales. Algunas de estas irresponsabilidades han dado lugar a que de unos años a esta parte es común que se oiga hablar de lo que se conoce como “homicidio por Internet”.

Este término no hace referencia a que se pueda matar a alguien de forma remota a través de la red. Lo que se pretende es describir el tipo de asesinato en el que la víctima y el asesino se conocen online, lo que ha originado la aparición de la figura del Internet killer. Esta figura aparece en informes que se realizan en los medios cuando hablan de muertes que se han producido con Internet como medio de contacto.

La primera muerte que se produjo con la red como una forma de comunicación —y cuyo caso trataremos en profundidad en este artículo— se produjo en 1996, cuando la víctima y su ejecutor quedaron para lo que se dio en llamar un “asesinato por consenso”. Por este término se pretende dar a entender que víctima y verdugo acuerdan encontrarse de forma voluntaria para llevar a cabo el crimen, lo que también podríamos denominar como “suicidio por asesinato”.

Los asesinos en serie llevan largo tiempo utilizando diversos tipos de medios sociales para atraer y encontrar a sus víctimas. En términos psiquiátricos podemos definir a un asesino en serie como un criminal que mata a tres o más víctimas de forma secuencial, con un período de “enfriamiento” entre los asesinatos y cuya principal motivación para matar es satisfacer necesidades psicológicas. En este sentido, algunos psychokillers del pasado como el húngaro Béla Kiss usaron los anuncios personales para encontrar vidas con las que terminar. En concreto este húngaro se cobró 24 vidas.

El mundo de Internet ha abierto un campo inagotable para quienes sufren desórdenes de personalidad que les llevan a matar o a buscar la muerte como forma de satisfacción psicológica o sexual. Sería el caso de John Edward Robinson, apodado “el asesino de Internet” y el de de Armin Meiwes, también conocido como “el Caníbal de Rotemburgo”, que encontró a su víctima en la red. Este último suceso también forma parte de lo que antes establecimos como asesinatos por consenso.

Los puntos negros de la muerte en Internet

Antes de entrar a detallar qué “puntos negros” son estos, convendría aclarar qué atrae a homicidas y suicidas por igual a Internet. Paul Bocj, autor del libro Cyberstalking: Harassment in the Internet Age and How to Protect Your Family, escribió en su obra que “la idea de que un asesino pueda operar a través de Internet es algo que, comprensiblemente, causa mucha ansiedad pública“. Obviamente, a nadie le gusta pensar que esa persona tan amistosa con la que habla a diario tiene oscuras intenciones que mantener ocultas.

No sabemos con quién nos comunicamos en InternetNo sabemos con quién nos comunicamos en Internet / SalTheColourGeek editada con licencia CC 2.0

Una posible causa la encontramos en el libro A to Z Encyclopedia of Serial Killers, escrito por Harold Schecter. En él podemos leer que “Internet se ha convertido en una herramienta muy útil para personas que se interesan por los psychokillers e incluso para los propios asesinos en serie”. Es cierto que con una búsqueda rápida en Google cualquiera puede encontrar información sobre Ed Gein o Jeffrey Dahmer. Para este autor esto podría servir tanto para propósitos informativos, como para crear imitadores.

El asesor médico de los medios televisivos estadounidenses Maurice Godwin establece otra posible causa. Para este doctor en psiquiatría forense, muchos criminales “se escudan en el anonimato que ofrece Internet“. Para él los asesinos pueden esconder su “verdadero yo” de forma más fácil usando la red, lo que nos remite de nuevo al caso de John Edward Robinson.

Ahora bien, ¿dónde cazan los asesinos en Internet?

Salas de chat, cotos de caza fáciles

Las salas de chat sirven a distintos propósitos cuando se trata de acabar con una vida: pueden ser lugares en los que psychokillers contacten con sus víctimas, pueden dar lugar a la planificación de un asesinato por consenso como los que mencionamos al principio del artículo e incluso pueden servir para establecer pactos de suicidio colectivos.

Página principal de Craigslist EspañaPágina principal de Craigslist España

Anuncios personales online

Ya hemos comentado anteriormente que los asesinos llevan mucho tiempo usando distintos tipos de redes sociales para encontrar víctimas. Los anuncios personales siempre parecen haber dado resultado, pero la aparición de Craigslist sirvió para dar una nueva dimensión a la búsqueda de víctimas en la red.

Para quienes no la conozcan, Craigslist es una web especializada en los anuncios clasificados. En ella se puede comprar una bicicleta de segunda mano, vender esos cacharros viejos que están pudriéndose en un trastero e incluso contactar con otras personas. Hasta aquí todo normal. Desde 2007 se llevan produciendo homicidios relacionados con Craigslist, ya sea porque los asesinos buscaban nuevos objetivos o porque había personas que solicitaban un suicidio por asesinato.

Sitios de citas en Internet

Las webs que ofrecen contactos entre personas para tener una cita son muy populares, pero también guardan una estrecha relación con el tema en el que estamos tratando. Como parte de su historia más negra tenemos más de 400 asesinatos relacionados con sitios de citas según apunta el autor Michael Largo en el libro Final Exits: The Illustrated Encyclopedia of How We Die.

Página principal de una web de contactos para solterosPágina principal de una web de contactos para solteros

Asesinatos por consenso en Internet

La frontera entre los asesinatos por consenso y los suicidios asistidos está muy borrosa. Hoy por hoy las autoridades no saben dónde empieza lo uno y termina lo otro. Existen distintas consideraciones legales a partir de los casos que detallaremos a continuación, pero a nivel legal siempre es un dolor de cabeza establecer responsabilidades para los juristas.

Un ejemplo de esto es la eutanasia, en la que se ayuda a un enfermo terminal a morir con dignidad. Tradicionalmente se la considera como un suicidio asistido, pero las implicaciones éticas y legales de la práctica hacen que la frontera no termine de estar muy clara.

Existen algunos casos especiales de asesinatos por consenso que pasaremos a detallar a continuación y que han ocurrido con Internet como principal escenario de desarrollo de sus tramas particulares.

Máquina de suicidio asistidoMáquina de suicidio asistido / Gabriel Rodríguez editada con licencia CC BY-SA 2.0

Sharon Lopatka, una muerte en Usenet

Sharon Lopatka era una enamorada de Internet, incluso pensaba que podría cambiarle la vida. Un año antes de su muerte llegó a poner en circulación una web llamada House of Dion —que se puede consultar gracias a la Wayback Machine de Internet Archive—, con la que esperaba ganar dinero vendiendo “secretos de decoración” para casas.

El siguiente paso que dio fue entrar en los grupos de Usenet. Estos grupos componían lo que podríamos considerar como una versión primitiva de Facebook, el núcleo duro de la parte social de Internet. Cuando AOL concedió acceso a Usenet a sus clientes en 1993 la cara de estos grupos cambió totalmente, pasando de ser grupos de comunicación que inicialmente se habían diseñado para colectivos educativos a un cajón de sastre donde todo tenía cabida.

Lopatka desarrolló una vida muy activa en la red de Usenet, llegando a hacerse pasar por vidente, sensitiva, decoradora, cocinera y todo lo que se le llegase a ocurrir. En contraste a toda esta actividad, su vida diaria era bastante anodina. En el momento de su muerte sus vecinos hablaban de ella como una persona completamente normal, casada con un obrero de la construcción, que cantaba en el coro de la iglesia de Hampstead, en el estado de Maryland.

Según podemos leer en The Kernel, era online donde esta mujer perdía el halo de normalidad. Llegó a poner anuncios vendiendo la ropa interior usada de una mujer de talla menor a la suya, se ofrecía sin reparos a solteros de cualquier parte del país e incluso llegó a poner a la venta vídeos de porno casero de todo tipo —que no existían—. Ponto se hizo una asidua de los grupos de sexo “alternativos”, debido a fantasías masoquistas que mantenía en secreto. Su rastro por estos grupos de Usenet todavía se puede seguir en Internet a día de hoy en los archivos de Usenet de Google.

En uno de estos grupos puso un mensaje con el título ¿Queréis hablar de torturar hasta la muerte? que se puede consultar aquí. En él comentaba que tenía una fascinación con el tema y que no podía comentarlo con sus amigos o con su familia. Animaba a los usuarios a responder, y dos lo hicieron. Lo curioso del asunto es que bajo ninguno de los dos alias se ocultaba Robert Glass, el hombre que finalmente la acabaría matando cuando se encontraron el 13 de octubre de 1996.

La nota que dejó a su marido decía lo siguiente:

Si no encuentran mi cuerpo no te preocupes. Debes saber que estoy en paz.

El asesinato de Sharon Lopatka tiene muchos interrogantes abiertos, empezando por cómo entró en contacto con Robert Glass. Empezaron a intercambiar correos electrónicos que sirvieron como prueba en el juicio del hombre —el marido de Lopatka los entregó a la policía—, pero cómo llegaron a ponerse en contacto es algo que todavía no se ha aclarado. Sobre el caso de este asesinato consentido se filmó la película Downloading Nancy, estrenada en 2008.

Armin Meiwes, el Caníbal de Rotemburgo

Este caso se produjo en 2001 y atrajo una atención considerable por parte de los medios de comunicación. La historia de Armin Meiwes es muy similar a la de los psychokillers tradicionales: una familia disfuncional, una madre controladora que le amargó la infancia y un niño que tenía que buscarse un escape como fuese. Se inventó un amigo imaginario y poco tiempo después empezaría a tener fantasías sexuales con su amigo imaginario y con otros niños, llegando a soñar con que los devoraba. Para Meiwes este era el acto máximo de unión con una persona.

Pasaron los años. Meiwes creció, estudió, encontró trabajo de técnico informático, su madre enfermó, él la cuidó, murió y él se sintió liberado. Fue entonces cuando comenzó a entrar en salas de chat relacionadas con el canibalismo, donde supuestos caníbales y gente que se ofrecía para ser comida compartían un espacio común. Muchos de estos casos eran personas que querían jugar a un juego de roles, sin llegar en ningún momento a comerse a nadie, según podemos leer en The Independent.

Finalmente, Meiwes acabó encontrando un anuncio personal online de un tal Bernd Brandes con el título Cena —o tu cena—, ofreciendo la posibilidad de comérselo vivo literalmente. Meiwes vio en él a una víctima ideal. El resto, como se suele decir, es historia.

Hoy en día Meiwes cumple cadena perpetua por asesinato y, según se publicó en el Daily Mail, en 2007 se convirtió en vegetariano. Asegura que se arrepiente de lo que hizo e insta a las personas con su mismo problema a que sigan tratamiento psiquiátrico para que no acaben como él.

Internet como vehículo para suicidas

El suicidio e Internet están relacionados de una forma estrecha cuya importancia sube con los años. Ha habido unos bastantes suicidios relacionados con el uso de Internet en los últimos años, algunos de ellos también relacionados con las redes sociales, lo que hizo que los medios de comunicación les dedicasen espacio. Según un estudio publicado por Taylor & Francis, las personas en riesgo de suicidarse que entran en Internet a buscar información y ayuda sobre el tema pertenecían a un nivel de alerta mucho mayor a quienes recurren a métodos offline.

Es común descubrir que un suicidio colectivo se ha llevado a cabo después de “firmar” un pacto online: un grupo de individuos se conoce a través de la red y acuerdan terminar juntos con sus vidas. La mayoría de estos “contratos” se han firmado en Japón —donde los jóvenes parecen haber encontrado un alivio en el suicidio según se publicó en The Guardian—, conocidos por el nombre netto shinjū, aunque no son exclusivos del País del Sol Naciente. Se han visto sucesos similares en China, Corea del Sur, Alemania, Australia, Noruega, Reino Unido, Canadá, Estados Unidos y Suecia.

Saliendo de la tónica de los pactos de suicidio firmados en Internet, en ocasiones la red también ha sido el vehículo para que personas individuales y sin afiliación hayan compartido el fin de su vida con todo el mundo. Este suceso concreto se repitió dos veces en la forma de las muertes de Kevin Whitrick y de Abraham K. Biggs. Ambos retransmitieron el momento en el que decidieron acabar con su vida en directo. En el caso de Kevin Whitrick muchos pensaron que era una broma mientras otros intentaban dar con su dirección. El caso de Biggs es mucho más trágico, ya que fue animado por los visores de su retransmisión a morir de acuerdo con lo publicado en el New York Times.

Maarten Van Damme editada con licencia CC 2.0

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